Pensaba que solo iba a caminar. Pero me cambió la vida.

Pensaba que solo iba a caminar. Pero me cambió la vida.

Antes de salir de casa la primera vez,

pensé que el Camino era solo eso: caminar.


Un montón de kilómetros al día, el mayor reto físico de mi vida y unas cuantas fotos y videos para recordar.

Una aventura más que recordar junto a mi mejor amigo.

Nada que no pudiera controlar, nada que no pudiera planear.
Una experiencia más para guardar en el cajón de los viajes.

Pero el Camino tiene una forma muy silenciosa de desarmarte.


No lo hace en los primero pasos, ni en la primera etapa.


Es algo que te va calando, como un "chiribiri",  poco a poco, sin que te des cuenta.

Primero te quita lo superficial, las prisas, la necesidad de tenerlo todo bajo control.


Después, empieza a quitarte también los miedos, los planes mentales, las máscaras que llevábamos en el día a día.


Y de repente, un día cualquiera, mientras caminas en silencio, te sorprendes emocionándote sin motivo aparente.


O sonriendo solo, sin que haya pasado nada especial.

Ahí entiendes que no era solo caminar.
Era encontrarte.
Era dejar espacio a preguntas que nunca te habías atrevido a hacerte.
Era sentirte pequeño bajo un cielo inmenso… y a la vez, sentirte parte de algo mucho más grande de lo que nunca antes te habías dado cuenta.

Cada piedra, cada amanecer, cada encuentro, te va dejando huellas más profundas que cualquier bota.


Y cuando llegas a Santiago, algo dentro de ti sabe que ha cambiado.
Puede que nadie más lo vea desde fuera.
Puede que no sepas ni siquiera explicarlo.
Pero tú lo sabes.

Sabes que has sentido algo diferente, algo que no te habían contado cuando eras pequeño. Una sensación que no sabías ni que existía.

Porque el verdadero Camino no se mide en kilómetros.
Se mide en cicatrices cerradas, en miradas sinceras, en silencios que ahora significan más que cualquier palabra.

Por eso,

al volver, te das cuenta de que el Camino no terminó en la plaza del Obradoiro.


Sigue dentro de ti, en cada pequeña decisión, en cada paso que das, en cada instante en el que eliges ser más tú y menos lo que esperan de ti.

Pensé que solo iba a caminar.


Pero el Camino, como la vida, no se recorre solo con los pies.


Se recorre, sobre todo, con el alma.

Y por eso hice Conchas Presentes.
No para guardar un recuerdo más,
sino para no olvidar quién fui allí… cuando todo tenía sentido.

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