El Camino te pone frente a ti mismo
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Porque a veces te rompe…
y otras veces, te revela.
Al principio todo parece fácil.
Tienes la mochila lista, el calzado preparado y esa mezcla de ilusión y nervios que acompaña las primeras etapas.
Y sí, hay paisajes que te dejan sin palabras. Personas que te marcan. Historias que te inspiran.
Pero tarde o temprano, llega ese día.
El que no se enseña en las guías.
El que no subes a redes.
Ese día en el que el Camino deja de ser una postal…
y se convierte en espejo.
Te pone frente a ti mismo.
Y no siempre estás listo para lo que ves.
A veces es una rodilla que te falla en mitad de la etapa.
O una soledad que no esperabas sentir rodeado de gente.
O ese pensamiento que llevas evitando desde hace meses… y que, de pronto, te acompaña en silencio durante los kilómetros.
Porque el Camino no pregunta si estás preparado.
Solo te enfrenta a ti mismo.
Y lo hace sin filtros.
Yo también tuve ese momento.
Fue una tarde lluviosa.
Y la sensación de que no avanzaba.
Ni fuera… ni dentro.
Y lo peor no fue el cansancio.
Fue sentir que lo que me pasaba no lo podía contar con palabras.
Que nadie lo entendería.
Que aunque llegara a Santiago, algo dentro de mí no iba a ser el mismo.
Y, ¿sabes qué?
Tenía razón.
Porque el Camino no te cambia por fuera.
Te cambia por dentro.
Y eso, no lo olvidas.
No olvidas la etapa en la que te rompiste.
Ni el momento en el que pensaste en rendirte.
Ni esa frase que alguien dijo sin saber que te estaba salvando el día.
No olvidas cuando dejaste de querer tener razón…
y empezaste a querer tener paz.
El Camino te enseña lo que necesitas.
No lo que esperas.
Y cuando vuelves… algo falta.
No son los paisajes.
Ni la comida.
Ni siquiera los albergues.
Lo que falta…
es ese tú que se atrevió a mirarse sin escapar.
Y ahí es cuando te das cuenta de que el Camino sigue…
aunque hayas dejado de caminar.
Por eso hice esto.
No para vender una joya.
Ni para crear un souvenir bonito.
Ni siquiera para regalar algo original.
Hice esto porque necesitaba recordar quién fui allí.
Y necesitaba hacerlo con algo que no se explicara.
Que se sintiera.
Que al mirarlo, no te diga nada.
Pero te lo diga todo.