Peregrinos en el Camino de Santiago caminando juntos sin necesidad de agradar a todos.

No todos te caen bien en el Camino. Y eso también forma parte del viaje.

No todos te caen bien en el Camino. Y eso también forma parte del viaje.

Al principio del Camino de Santiago uno cree que va a encontrarse con gente maravillosa todo el tiempo.

Y sí… te cruzas con personas que te marcan. Pero también con otras que no volverías a saludar.

Algunos te miran mal, otros te juzgan por tu calzado, o simplemente por caminar con auriculares.
Y en esos momentos, algo dentro de ti cambia, te das cuenta de que el Camino no es una postal, es una escuela.

Y una de las primeras lecciones es esta:
Aprender a convivir sin caerle bien a todo el mundo… también es avanzar.

A veces eso se olvida.
Se comparte lo bonito, lo mágico…
Pero no se habla de las veces que dormiste mal en un albergue porque alguien roncaba a tu lado.
Ni de cuando te juzgaron por llevar una mochila demasiado pequeña o por llegar en taxi porque no podías más.

Y, sin embargo, eso también era Camino.

Eso también te cambió.
Porque cuando volviste a casa, dejaste de hacer tantas cosas “para caer bien”.
Y empezaste a hacerlas porque lo sentías.

Y ahora… cada vez que ves una concha, no solo te acuerdas de los paisajes.
Te acuerdas de ti.
De cómo empezaste a vivir con menos necesidad de gustar.
Y más necesidad de ser.

Por eso hice esto.
No para recordar los días bonitos.
Sino para recordarte quién eras cuando no necesitabas encajar.

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