¿Te compensa?

¿Te compensa?

Y tú piensas... si supieras lo que he vivido…

Era muy temprano.

Aún tenía los músculos entumecidos de la noche.
Y el silencio era mi fiel compañero.


Llegué a una cafetería y la camarera me miró y dijo:
—¿Te compensa madrugar tanto para andar todo el día? ¿Te quedan ganas de repetir?

Me pilló de improvisto.
Era mi último día.
Estaba llegando.
O eso creía.

No supe qué responder.
Porque el Camino no se puede repetir.
Se puede volver a andar…
pero lo que te deja dentro, eso,
no vuelve a pasar igual.

Caminar durante días no te cambia por fuera.
Te cambia por dentro.
Y no como lo cuentan en los libros.


Sino de verdad.
En lo profundo.
En ese lugar donde guardas lo que no dices a nadie.

Por eso, cuando alguien te pregunta si merece la pena,
te dan ganas de decir:
“si tú supieras lo que me arrancó… lo que me enseñó… lo que me dolió…”

Pero no lo dices.

No dices nada.

Sonríes y afirmas lentamente con la cabeza.


Porque tampoco hace falta.
Porque el que lo ha vivido… no necesita explicaciones.


Y el que no, no las va a entender nunca.

 

Y entonces pasa algo curioso.

Vuelves a recordar esas etapas en los días grises.
Vuelves a ese amanecer en el que no sabías si llorar o seguir.
O a esa conversación con un desconocido que entendía más que los tuyos.

Te das cuenta de que no echas de menos los kilómetros.
Echas de menos quien eras allí.

Libre.
Lento.
Real.

Hay cosas que el Camino te deja para siempre.

No se ven.
No se tocan.
Pero están.

Y a veces, cuando todo afuera se llena de ruido,
necesitas algo que te lo recuerde.

Una señal.
Un símbolo.
Un pequeño ancla que te devuelva, en silencio,
a todo lo que viviste allí.

 

Por eso hice Conchas Presentes.


Porque hay recuerdos que no se olvidan.


Y llevar una concha al cuello es una forma de no perderte del todo.
Una forma de volver,
cuando más lo necesitas.


Aunque sea solo por dentro.

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